El miedo que se presupuesta

Construimos sistemas como si fueran eternos, sin planificar cómo terminarlos. Lo que llamamos robustez suele ser miedo institucionalizado: nadie sabe apagar lo que ya no entiende. El problema no es el sistema, sino no aprender a soltar lo que construimos.

Construir es lo que hacemos.

Desde que somos chicos apilamos bloques, levantamos castillos de arena, armamos cosas.

Después crecemos y le ponemos nombres técnicos, pero el impulso es el mismo. Empleamos años perfeccionando cómo construir mejor. Escribimos libros, creamos metodologías, certificamos profesionales. El ciclo de cualquier sistema empieza ahí y, en la práctica, casi siempre termina también ahí.

Derribar es problema de otro.

Los sistemas de TI no son la excepción. Diseñamos, desarrollamos, implementamos. Hay frameworks y metodologías para todo eso. Pero preguntale a cualquier equipo de TI cómo planifican el fin de un sistema y vas a encontrar, en el mejor caso, un plan de migración a los ponchazos, en el peor, silencio.

El derribo se trata como un evento, no como una dimensión del diseño. Algo que pasa, no algo que se diseña. Y esa distinción – que parece menor – tiene consecuencias que se miden en décadas.

COBOL cumplió más de 65 años. Nadie lo pensó así. Y todavía no se jubila.

Hay una creencia instalada que casi nadie cuestiona: un sistema que no se puede apagar es porque está bien hecho. La resistencia al derribo como certificado de calidad. El roble que no cede.

Es al revés.

Lo que llamamos robustez es frecuentemente opacidad acumulada. Nadie toca el sistema no porque sea bueno – sino porque nadie sabe exactamente qué hace. Los que sabían se jubilaron. La documentación nunca existió o quedó vieja. Las reglas de negocio viven en el código como fósiles en roca sedimentaria: están ahí, pero extraerlas cuesta más de lo que nadie está dispuesto a pagar.

El sistema sobrevive no por virtud sino por miedo. Y el miedo, con el tiempo, se institucionaliza. Se llama sistema crítico. Se presupuesta su mantenimiento. Se forman especialistas en su perpetuación. La opacidad se vuelve ecosistema.

Un sistema que no puede morir no es un sistema robusto. Es un sistema que nunca tuvo continente para su propio fin.

¿Cuándo un sistema deja de ser valioso y se convierte en obstáculo con presupuesto? No hay marco para eso. Hay opiniones, hay inercia, hay política institucional disfrazada de decisión técnica.

Los que construyen al nuevo no conocen al viejo. Los que conocen al viejo entienden el costo de reemplazarlo. No siempre tienen incentivos para terminar con él.

Los incentivos no están distribuidos de manera pareja. Construir trae presupuesto, visibilidad, patrocinadores, inauguraciones. Derribar ofrece algo bastante menos glamuroso: costo, incertidumbre y preguntas incómodas.

¿Qué organización está dispuesta a financiar un funeral? ¿Quién obtiene reconocimiento por apagar algo? ¿Qué carrera profesional se construye sobre la eliminación exitosa de un sistema?

Construimos sistemas como si fueran eternos. Después nos sorprende que envejezcan. Más todavía que sobrevivan. Y muchísimo más que no sepamos cómo hacerlos morir.

Pero el sistema no es el problema.

El problema es que nadie aprende a soltar lo que construyó.


gdvpas.ar

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