El seguro (no) falló

Cuando ocurre un siniestro y el seguro paga menos, la sensación es inmediata: algo falló. Muchas veces no falló el sistema, sino un número viejo sostenido por supuestos que ya no existen. El seguro no improvisa. Ejecuta reglas.

Durante un siniestro, el resultado suele sentirse inmediato y definitivo.
El seguro pagó menos, o pagó “mal”, o no pagó lo que esperaba.
La reacción es casi automática: algo falló.

Sin embargo, en muchos casos, lo que aparece en ese momento no es una falla del sistema,
sino la consecuencia tardía de decisiones tomadas mucho antes, bajo supuestos que ya no existen.

El seguro no improvisa cuando ocurre el daño.
Ejecuta reglas.
Y las reglas no corrigen expectativas.

El número que parecía suficiente
Asegurar implica poner un número que pretende representar el valor de algo en el tiempo.

El problema es que el valor real cambia.
A veces despacio.
A veces de forma brutal.

El contrato queda escrito.

Entre ese valor que se mueve y ese número que permanece aparece una tensión permanente.
Ahí nacen el infraseguro y el sobreseguro.
No como errores morales, sino como desajustes estructurales.

Infraseguro
Se presenta cuando la suma asegurada es menor que el valor del bien.

No siempre ocurre por querer pagar menos.
Puede aparecer por información incompleta, por bienes difíciles de valuar,
por inflación persistente o simplemente porque el mundo cambió y nadie actualizó el número.

En contextos donde los precios se mueven más rápido que las revisiones contractuales, el infraseguro deja de ser una excepción.
Se vuelve la norma silenciosa.
El problema no es la intención.
Es la distancia.

Lo que aparece después: la prorrata
Cuando hay infraseguro, muchos contratos aplican una regla poco simpática: la medida de la prestación a prorrata.

Si se aseguró una parte del valor, el seguro paga esa misma proporción del daño.
No evalúa si el infraseguro fue voluntario o inevitable.
No distingue inflación de picardía.
Mide proporciones.

La prorrata no castiga el siniestro.
Ejecuta una relación matemática que ya estaba ahí.
Por eso sorprende tanto.
No porque sea arbitraria, sino porque suele ser ignorada.

El otro extremo: el sobreseguro
El sobreseguro es la cara opuesta del mismo problema.
Ocurre cuando la suma asegurada supera el valor real del bien.

No mejora la cobertura.
No genera un pago mayor en el siniestro.
Sólo encarece la prima.

La diferencia es que el sobreseguro duele de a poco.
El infraseguro duele todo junto.

Por eso uno genera reclamos y el otro pasa años sin ruido.
Ambos son desajustes y distorsionan decisiones.
Sólo uno es emocionalmente visible.

Valores “de mercado” y zonas grises
Gran parte de estos desajustes nacen en la forma de tasar.

Los valores de “mercado” parecen objetivos, pero casi nunca lo son.
Son fotografías borrosas tomadas en un momento determinado.

Para el asegurado, ese valor puede quedar viejo en meses.
Para la industria, funciona como un ancla razonable para calcular hoy.

No hace falta hablar de mala fe.
Basta con entender los incentivos.
El seguro necesita números relativamente estables para operar.
La realidad hace todo lo posible por no serlo.

La cadena de responsabilidades
En este sistema nadie tiene toda la culpa.
Y nadie puede no tener ninguna.

  • El asegurado es responsable del vínculo con la realidad del bien.
    Es quien vive con él, lo modifica, lo usa, percibe cuándo su valor ya no es el mismo.
    No necesita saber técnica actuarial.
    Sí necesita revisar supuestos.
  • El productor asesor es responsable de la traducción.
    No controla la inflación ni el mercado, pero sí el lenguaje entre el contrato y la persona.
    Su función no es garantizar resultados, sino decisiones informadas, incluso cuando incomodan.
  • La aseguradora es responsable de las reglas que diseña y aplica.
    Define cálculos que funcionan bien con números estables y sabe que el contexto no siempre lo es.
    No responde por cada infraseguro, pero sí por la claridad de las consecuencias que sus reglas generan.

Cuando una capa falla, las otras no la compensan.
El sistema no perdona supuestos viejos.

No es injusticia, es indiferencia.
La prorrata no es injusta, es indiferente.
No evalúa el contexto, el esfuerzo ni la intención.
Evalúa relaciones entre números.
Ahí está su mayor riesgo: funciona igual para todos, incluso cuando la información no fue igual para todos.

Lo que el seguro no corrige
El seguro no corrige desactualización, inflación, decisiones tomadas con información incorrecta.
Las refleja.

Cuando llega el siniestro, ya es tarde para ajustar el número.
El contrato no mira hacia atrás para entender por qué pasó.
Mira hacia adentro para ejecutar lo que dice.

Asegurar bien no es acertar un valor exacto.
Es aceptar que ese valor siempre va a estar en tensión con la realidad.

El problema no es quién se equivocó.
El problema es seguir tomando decisiones como si alguien más fuera a corregirlas después.


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